Todo sobre vosotros



Quienes reprimen su deseo 
son aquellos cuyo deseo 
es bastante débil para poder ser reprimido.

W. Blake

Portarse bien no es comérselo todo. Que ya tenemos una edad. Y me he vuelto intolerante a determinadas cosas.

Últimamente no paro de escribir. Imagino que es la primavera, que altera la sangre, la conciencia y a mi alter ego. Ser consciente. Respirar profundamente. Que te dejen de importar determinadas situaciones. Tener que reconducir el vuelo cuando la carretera te avisa de que vienen curvas. La vida. En su máxima esencia.

Hay personas que por más que quieran esconderse detrás de una máscara, siguen enseñando el lobo domesticado que llevan dentro. Y los corderos que salvajemente siguen tirándose al monte y a todo lo que se les ponga por delante. O por detrás.

Basta ya. De verdad. Llamemos a las cosas por su nombre. No tengo que justificar mis ganas. Ni tu esconder tus miedos. La falta de autoestima. La oscuridad que llevas encima se ve a cientos de kilómetros. Al principio me creí la historia de tu corazón desvalido. La presa que se pone boca arriba esperando que le ayuden a ponerse en pie. Si me tiras sobre algo, que sea sobre la cama. Pero no sobre un puñado de palabras sin sentido. 

Hombres. Mujeres. La eterna lucha en el ring. Yo cuando voy no llevo guantes. Sólo mis letras como arma arrojadiza. Duele más lo que no se dice que lo que se ve a simple vista. Y en eso, me he echo una experta. 

He perdido la cuenta de los cafés pendientes que he dejado sin tomar. O de los masajes que quedaron en nada. Seguramente he roto más de un corazón. Y más de dos o tres se han quedado con las ganas de saber qué sería ir más allá de esa conversación inocente. O indecente. Total. Somos seres curiosos. Nos llama la atención aquello que nos dicen que no debemos tocar. Y ahí sí que nos dan ganas de meter los dedos. O poner la mano. O la boca. 

Todos tenemos alguna espina con el nombre de alguien ahí clavada aún. Hay una mezcla extraña entre placer y dolor cada vez que la tocas. Somos tan selectivos que sólo queremos recordar lo bueno de esa espina, dejando a un lado todo el dolor que nos provocó cuando metieron la estaca hasta el fondo del corazón. O cuando dijeron que nos llamarían y no lo hicieron. El ego siempre tan presumido.

Da igual la edad que tengas. Da igual la de veces que hayas dicho que por ahí no pasas. Todo lo que hayas prometido. Esperarás a que todos se hayan dado la vuelta y cometerás tu suicido. Faltaría más. Somos expertos en eso, ¿verdad?

Siempre se dice que lo mejor está por venir. No te dicen cuándo, ni cómo. Ni desde donde. Y ahí nos quedamos entretenidos en una fragilidad de tiempo, suspirando por lo que, aún ni sabiendo qué es, ni qué forma tiene, pensamos nos rescatará de lo que es real, del ahora. Y los días siguen pasando. Y tú sigues sin tomar una decisión. 

Lo cierto es que hoy, mientras estaba esperando en la parada del autobús, he recordado tus ojos y el día que empezaron a perder la magia de la que me enamoré Pero ya no importa.
También he recordado las palabras malditas de quien me dijo lo que nunca cumplió. Del que olvidó que todo lo que tenía guardado en modo de recuerdo, se lo empaqueté y lo dejé en aquella habitación. No se si volviste.

¿Sabes? Estamos hechos de trocitos de historias, que de algún modo se han entrelazado. Perseguimos el amor para toda la vida, sin darnos cuenta de que es el amor, precisamente, el que nos mantiene vivos, latiendo por historias que queremos construir, por personas que nos emocionen, que nos digan lo que siempre soñamos con hacer. Ser, simplemente lo que somos, sin tener que escondernos tras una máscara. Somos historias a medias, que terminan y empiezan. Nos rompemos y nos reconstruimos. Nos caemos y nos ponemos en pie, otra vez, sobre zapatillas, descalzos o zapatos de tacón. 

Te busco. Entre los muchos rostros con los que nos cruzamos a diario, de entre la multitud que nos invade por la calle. Busco esos centímetros de más sobre el resto de los comunes, ese pelo, esos ojos que me dejan a medias. Ansío de nuevo, casi tanto como tú. Como esas furtivas palabras que no dejan de hablarme cada vez que me escribes. Como esas ganas de que tu roce de tus manos con las mías vuelvan de nuevo a encontrarse, como la primera vez. Ese instante que soñamos cuando tus letras con las mías se vuelven locas, no frenan y se enredan sexualmente entre comas y camas. No pueden parar. Y todavía llevo el perfume de tus besos en mi cuello, tatuados en mi piel. Aún no he perdido el camino que me marcaste con tus dedos, ni las fantasías por cumplir. Te perdono que nos fuéramos cada uno por una calle, porque al final de la mía me esperaban otras manos. Ya no son dos, sino cuatro los refugios que me acogen en los días nublados o en las noches borrascosas. 

Necesito esos brazos. Esos abrazos que despiertan sensaciones dormidas. Esos besos que prenden cuerpos aletargados, llenos de promesas que no se cumplen, de esperas que cansan y de situaciones que no dejan a duras penas soñar con algo que no sea “aquí y ahora”. Deseos que se materializan. Un paso hacia delante de mi corta estatura, un pasa hacia atrás de lo que está por venir. De puntillas, para intentar llegar a tu pecho, para que nos comamos a besos para calmar las ansias que nos tenemos. Hay veces que no tengo palabras para tantas ganas. 

Así que, déjame que te cuente: hay conversaciones  que suben y bajan, como las mareas, dejando restos de humedad. Un quizás, no es lugar para el ahora. Vivir sin prisa y sentir despacio. Tus palabras que me hacen soñar. Yo que te hago saber que los recuerdos siempre se hacen realidad. Si hay días en el calendario, la vez que nos encontremos será festivos en todos los sentidos. Dos corazones acelerados. Entre tus ganas y las mías, hay un beso que lo cambia todo. 


I. 

Comentarios

Entradas populares